ARQUEOLOGÍA







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 Luis Ángel Barreto


Antes
mucho antes
nos juntábamos varios para jugar.
Sólo la tierra era necesaria
un patio con arena
sin límites
el mundo era infinito hacia abajo.
Con manos limpias, ansiosos
como frente a un pastel de cumpleaños
en círculo
comenzábamos a amasar la tierra fría
a abrazarla, a arañarla
a quererla abrir.
Sentíamos las irregularidades de ese terreno
lo comparábamos con el cielo
acariciábamos sus oquedades
sus bocas secas.
Nos aferrábamos a los oteros, con rabia
para destruirlos
hacerlos polvo.
Preparábamos nuestras palas endebles
empezaban las excavaciones
los agujeros.
Era necesario introducirnos en la tierra
era necesario descubrir
ensuciarse.
Nos hundíamos en el misterio de los que mueren
de los que han sido recluidos en la tierra
para siempre.
Algo tenía que haber allá adentro
los tesoros debían estar en alguna parte.
A veces se hallaban durezas distintas.
Un día, el cadáver de una tubería olvidada
que quizá condujo al océano azul de los atlas.
En otro, una partida osamenta
siempre minúscula, irreconocible.
Aún no los cofres sellados de madera
ni las monedas brillantes con perfiles y pájaros
aún no el esqueleto bien formado de algún transeúnte
ni un mapa impreciso
ni restos de alguna especie extinta.
Pero no mermaba la fascinación de lo oscuro
esa abertura donde cabríamos completos
la fascinación de hundirse.
Así era antes
cuando éramos niños.
Hoy te pido que hagamos eso de nuevo
nosotros dos
en este huerto distinto y solitario
aunque el tiempo cambie sus ritmos.
Juguemos a escarbar.

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