DÓCIL






Néstor Mendoza


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Tus proporciones se mantienen firmes
y sobresalen, 
como una manera de decir
que aún la belleza de las formas
merece las caricias del amante. 

No deberías estar quieta en esa tabla.
Incluso debajo de la piel amoratada
se logra ver un cuerpo bello. 

Una cantidad indeterminada
de puños se ensañó contigo.
Quebró la longitud blanca del hueso,
en partes que no pueden armarse de nuevo,
o que yo, particularmente, no sé armar. 

Pero todo ya pasó; no temas, 
tu presencia se ha vuelto dócil. 
Lograron apaciguar tus quejas
con el batazo rotundo en la frente. 

El primer golpe vino desde atrás.

No te diste cuenta de la succión 
y del desorden de manos, 
de lo que se alojaba adentro
(las caricias que nunca se pidieron 
y aquella viscosidad repulsiva). 

La mesa metálica, plancha fría,
para extender tu figura. 
Todo debe permanecer ordenado:
las manos no desparramadas 
o colgando su inmovilidad. 
La desesperación requiere
de un cierto orden, 
incluso tu cuerpo
que ya no sabe cómo respirar. 

La horizontalidad toma espacio,
y ahora tú eres superficie. 
Busco un culpable: 
no hallo al criminal. 
Hay cuerpo sin sombra movible, 
pero no mano que golpea y extrae la vida.

Tu organismo debería estar de pie.
Se supone que el cuerpo horizontal 
solo es digno en el amor. 



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