SIEMPRE A MI LADO
No entiendo de verdad, me
pasan unas cosas, creo que es la vejez, bueno, por lo menos eso es lo que dice
mi esposa: "ya estamos viejos y cansados", y así resume toda mi
existencia.
Hoy desperté más temprano
que de costumbre, eran cerca de las tres de la madrugada. La calle estaba
oscura, no se veía ni un alma. ¡Bueno!, yo seguí caminando como si nada, aunque
tenía mucho miedo; sobre todo, a ese perro desgraciado que me esperaba ahí
mismo, al cruzar la esquina de la bodega de Ramón.
¡Dios, mío!, ya quedan migajas
de lo que hace años era la bodega del difunto Ramón. ¡Cómo pasa el tiempo!,
¡Dios, cómo pasa! Hace poco murió, se quedó dormido, sentado en su silla
de cuero. ¡Ramón, Dios mío!, pensar que estudiamos juntos en la escuela del
barrio, tantos sueños, lejanos ideales, tanto trabajar..., murió pobre, triste
y solitario. Ya no quedaba nada en la bodega, ni una lata de sardinas..., nada.
¡Cómo se ha ido la vida!
Y así, pensando en
soledades, llegué a la farmacia. ¡Oye, qué suerte! no había casi nadie en
la cola, llegué de cuarto. Pero las sorpresas que da la vida, cuando
eran como las siete y media de la mañana, se apareció el vigilante a repartir
los números. El corazón se iba salir de mi pecho. Todo el cuerpo me temblaba de
la emoción, del susto y de todo eso que le da uno después de casi cuatro horas
de espera.
Me dieron mi tique:
"104". "¡Quééé´!", --le grité a ese vigilante--. Y el tipo
ese, sin pararme mucho, me dijo, que si no quería el número, que se lo
devolviera.
Acto seguido, llegaron dos
camionetas repletas de gente con sus números en la mano y comenzaron a
colearse. Efectivamente, quedé de 104 en la cola. Casi que me pongo a llorar de
impotencia y de frustración. ¿Qué iba a hacer?, simplemente hice mi cola, como
un viejo más de la "tercera edad", de esos que sobran en la vida, un
ser que no le importa a nadie.
Y al final, la crema dental
alcanzó hasta el número 102. En serio, no miento, el vigilante simplemente
gritó: "Ya se acabó la crema dental, así que a despejar". Todo había
acabado a las diez de la mañana.
Yo no tenía valor para
llegar a la casa con las manos vacías..., sentía una tristeza profunda, era una
terrible depresión existencial. A los 72 años ya no me daba pena llorar, y
eso hice, lloré como un niño sin regalo.
Cerca de mí, había una
señora –de las que habían venido en la camioneta— con sus tres cremas dentales
en una bolsa plástica. ¿Ya adivinan lo que me pasó por la mente? ¿Verdad que
adivinan? Por primera vez en muchos años..., lo pensé y lo hice...,"tenía
que arrancarle esa bolsa y a correr". Me levanté silenciosamente...,
caminé y cuando estuve cerca..., ¡Zuuum!, le arranqué la bolsa y a correr –
¡Por Dios, a mis 72 años!—.
Y lo último que
recuerdo fue un puñetazo en el ojo que me propinó el vigilante, caí largo a
largo, casi que me desmayo..., mientras la tipa esa me gritaba: "viejo
gay..., dame acá mi bolsa".
¡Bueno!, me encerraron en
una patrulla policial.
Ahí estaba yo, un
pobre viejo, cansado, con el ojo morado, con un dolor en la cara y una tristeza
profunda en el alma.
Dos horas después, el
policía me dejó libre. Y ahí estaba Ella, toda nerviosa, lloraba en silencio.
Simplemente me miraba con ternura: "véngase mi viejo, deje que se lleven
toda la farmacia si quieren, véngase, allá en la casa le curo ese morado que le
dibujaron en la cara". Los ojos se me aguaron. En el asiento delantero de
la patrulla policial estaba el reloj "seiko", que mi esposa
dejó a cambio de mi libertad.
Los dos viejos caminamos de
regreso. Llegué a mi casa sin crema dental, con el rostro hinchado, pero feliz.
Ese amor de toda la vida lo era todo para mí..., Ella siempre está
ahí..., y ninguna revolución de ladrones…, la apartará de mi lado.
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