LA PUERTA NEGRA
Gerardo Barbera
I
¡Maldita sea! ¡Digo la
verdad! ¡Mi historia es real! ¡Por Dios, créanme! ¡No cierren la puerta! ¡Puede
entrar, y no quiero ver a ese…! ¡Aléjenlo! ¡Maldita sea!
Desde niño los muertos me
guiaron. Un señor de capa blanca me enseñó el secreto mágico de las palabras.
El señor de capa blanca aparecía en la
oscuridad de mi cuarto. Todavía me parece escuchar su voz: “las palabras son
mágicas”, “las palabras son poderosas”. “Aprende de mí: de la boca surge la
muerte”.
También había una señora
vestida de negro, con un velo oscuro que le cubría el rostro. Los ojos azules
de la vieja penetraban mi mente. Siempre era la misma lección: “No digas malas
palabras”, “El que dice malas palabras se muere”.
Por eso odio la luz y le
tengo miedo a la oscuridad, le temo a los muertos, a esas voces nocturnas; al
señor de capa blanca, a la vieja…y a la puerta negra.
Las palabras poseen un
poder creador y destructivo. De la mente puede surgir la vida o la muerte. Lo
que decimos escapa de la intimidad y se transforman en pequeñas ratas
desesperadas.
El pensamiento se cuela
por los orificios minúsculos del cerebro hacia la mente de los otros. Y
comienza la venganza, el rencor, el deseo de destrucción. Siempre te
arrepientes de lo que piensas.
La vieja me insultaba y el señor de la capa
blanca se entristecía. Y nos hacemos cada vez más viejos….un monstruo. ¡Espero
que al ver mi rostro me crean! ¡Nunca he dicho mentiras!
Debo vigilar
constantemente lo que sale de mi boca. El pensamiento es maléfico. La evolución
humana se reduce al desarrollo de su pensamiento.
Ningún ser humano ha
llegado a ser lo que yo soy: un monstruo. No me refiero a ninguna metáfora. Por
extraño que pueda parecer, soy realmente un monstruo.
Tal vez, “La Señorita”;
así llamaban a mi madre, me formó con su pensamiento..., jamás quiso saber de
mí. Nací gracias al cura y a su política de “No al aborto”. Ella me parió
según la carne y la mente. Fui engendrado por el destino, nunca
hubo padre.
Siempre he sido la
negación de la racionalidad. El terror no es lógico. Lo que se engendra con
violencia, se transforma en muerte. Yo soy esa muerte.
Sé que parece mentira. Tengo
treinta años no cumplidos. Toda una vida de angustia, de soledad...de
convivencia con el demonio. Créanme, el Infierno existe: yo soy su profeta. Soy
el “elegido” por el Mal. Ese es mi destino. Debo mostrar mi cuerpo, para que
todos crean.
Mi historia no es común. He
sufrido casi todas las enfermedades, “el pobre nació enfermito”. Soy demasiado
delgado, un desnutrido, como solía decirme la bruja de mi abuela; mi abuelo fue
mucho más amable: “la desgracia de mi hija”. Eso siempre he sido: Una maldita
desgracia. Un estorbo. Un no deseado. Un monstruo.
Mi rostro está totalmente
arrugado. Siempre mis manos han sido temblorosas. Mi voz es amarga, como quien
sabe que está demás en la vida. Mi ceguera prematura, realmente estoy casi
ciego. Solamente puedo ver a través de mi sexto sentido, o como lo llama
mi maestro, “El tercer Ojo”. A pesar de haber desarrollado ciertos poderes
psíquicos, soy un viejo de treinta años, totalmente calvo, y casi sin
dientes.
¿Cómo explicarlo?
Imposible. Nada en mí es explicable. El mal, la maldad, la maldición, la
locura, las largas noches de insomnios... la existencia misma carece de
explicación.
No se puede explicar nada sin recurrir a los
seres de otras dimensiones, de otros planetas. Ese poder especial, que me ha
enseñado el señor de capa blanca, me ha salvado muchas veces de esta rutina
existencial. Cuando todos están dormidos, yo me escapo a otras existencia para
hablar con miles de ancianos que me enseñan filosofía de las estrellas; que
hermoso es pensar en las cosas del más allá, la filosofía es un sueño
placentero; solamente los filósofos del aire, poseen el secreto de la
Vida.
A nosotros a lo sumo nos
toca vivir y morir, para luego, volver a vivir y morir, vivir y morir... hasta
cumplir el ciclo de setenta y dos mil años. La vida no es una pasión inútil;
solamente, inútil y sin pasión. El planeta es una basura del sistema solar. El
sistema solar es una basura de la Vía Láctea. Todo el universo
es una basura.
Treinta años y muero de
vejez. Me espera la silla de rueda, la cama y la tumba. Pero, regresaré. Estoy
seguro. Y juro por los dioses del mundo astral, que no voy a nacer en la
miseria, no creo en la liberación de los pobres, la cultura popular, la
antropología de la pobreza, nada de eso tiene sentido.
¡Basta! Creo que ya he superado ese karma. No
soy tan hipócrita como esos amigos de la humanidad y solidarios con los más necesitados,
quienes solamente donan las miserias que le sobran. Ya pasé por eso, ya canté
en grupos, ya doné mis zapatos viejos.
¡Basta! Además, quiero que
mi vida futura sea en una isla, donde pueda estar solo, libre de la garra del
Otro. Y así demostrar que el hombre es un solitario en esencia y que el Otro es
un accidente, una voz que solamente produce dolor. El Otro tiene que morir.
Deseo escapar del
Otro. La tierra amarilla del cementerio será la salida, la muerte
es el la puerta de emergencia de la pobreza. No podrá seguirme. En un ataúd
solamente cabe un cuerpo. Estaré solo. Y seré libre.
El Otro siempre me ha
creído culpable de su desgracia. ¡Si supiera cuanto le odio! Los verdaderos
sentimientos humanos son el deseo de morir y el deseo de matar; en esto se
reduce el poder del inconsciente y el poder de la racionalidad: vida o muerte.
Mi madre era muy alta,
pálida y nerviosa. “La Señorita” era hermosa. La “mala junta” y la marihuana
acabaron con sus nervios. Si hasta tuvo internada. Ella era enferma y siempre
le dolía la cabeza.
La madre era casi una niña, cuando
decidió encerrarse en su cuarto para comunicarse con los Lamas del Tíbet. Se
había cansado de los gritos de la abuela: “Eres la vergüenza de la
familia, te vas a poner vieja por mentirosa...”.
Un día entró un ladrón. Mi
madre estaba sola, sentada en la silla de siempre, recorriendo el mundo,
hablando con todos sus amigos telepáticos.
El ladrón la vio; entonces... de manera
trágica, comenzó la encarnación de mi espíritu.
La violencia es el motor
de la historia, y nos encanta. Vean los libros de historia, nunca hablan de
amor, de amistad; sino de guerras, crímenes…y por eso adoramos a los héroes de
esos libros, y entre más sangre haya derramado el héroe, mayor será su imagen
en nuestro corazones.
Mi abuela fue mi verdadera
madre. A la “Señorita” la encerraron en la clínica “San Marcos de León”, en
Nirgua. Nunca más supe de ella. No sé si aún vive. Creo haber escuchado a la
abuela decir: “Menos mal, que ella cree que está en un templo...”. Aunque no
estoy seguro. Ahora que recuerdo, ella murió. Durante una noche de
“Año Nuevo”, decidió hacer su último viaje.
II
Mi casa tenía dos puertas:
la mía y la del Otro. Detrás de la puerta negra, quedaba el mundo prohibido.
Él siempre estaba del otro
lado de la puerta. Nunca hubo relación. El lado desconocido siempre fue mi
realidad oscura, lo que nadie debía conocer, lo oculto, el “secreto vergonzoso
de la familia”.
El Otro siempre será un
fantasma, algo que me estorba y amenaza,
no hay posibles encuentros, solamente esperaré a que el Otro se descuide para
atacar, y quien baje la guardia, será herido mortalmente, el Otro es mi muerte.
La abuela era la única que
podía entrar a la habitación prohibida. Aunque recuerdo, que en ciertas
ocasiones, vinieron algunas personas con batas largas y blancas.
Entonces, la vieja miraba con mayor intensidad y el señor de capa blanca se
mantenía muy callado. Ellos, los viejos, habían engendrado al Otro, a ese
maldito que solamente yo podía ver.
El Otro había nacido
conmigo. Él era la parte complementaria de mi célula original. No se trató de
un “niño no deseado”, sino de un “par no deseado”. Jamás hubo canciones de
cunas.
Yo nunca había visto al
Otro, al “Enfermo”. Así lo llamaba mi abuela. Sin embargo, sentía que el mismo
“cordón de plata” nos unía, como si ambos tuviésemos la misma alma. Sí
así fuese seríamos el mismo ser, el mismo espíritu, encarnado en dos cuerpos
diferentes al mismo tiempo.
Tal vez por eso, mi mente no podía descansar
en paz. Tenía que conocerlo..., no quería morir como la gran mayoría de los
seres, sin conocer al Otro, al que es posible, a la potencia de mi ser, a la
proyección de mi existir, a mi yo evolucionado. El Otro siempre está ahí
mirándote, riéndose de ti. El Otro te odia. El hombre es odio y muerte.
Recuerdo que tenía entre
mis manos un libro de letras muy grandes, que trataba el tema de los Avatares:
“¿Cómo ser un Avatar?”.
El secreto para entender
cualquier lectura, consiste en estar completamente relajado, como volando,
dejando que nuestros pensamientos naveguen al lado de los personajes de los
libros.
Siempre he deseado ser el personaje de algún
libro espiritual. Es que lo espiritual no me compromete, me libera, me hace
sentir fuera de esta oscuridad y de esta carne. Vivir en el espíritu es la
naturaleza de mi alma, nunca quise saber de lo cotidiano, de enfermedades,
violencia, hambre, sangre, problemas…, siempre amé lo puro y espiritual.
Aquel día inolvidable, la
abuela no estaba en la casa. La soledad era perfecta. Las paredes hablaban
entre sí, con una especie de lenguaje musical, que provenía de sus colores
vivos y fuertes. Yo estaba tenso, demasiado nervioso, pero con una suavidad
extrema en el espíritu.
Había llegado la hora de conocer al Otro. La
puerta estaba levemente abierta, comenzó a surgir una luz tenebrosa, carente de
brillo, totalmente opaca. Me acerqué lentamente. La madera de la puerta estaba
fría, húmeda. La luz iba creciendo. Mi corazón estaba descontrolado. La puerta
comenzó a moverse. Pude ver la habitación.
Las paredes estaban pintadas de blanco; sin
embargo, permanecían oscuras, sin ningún aura, cargadas de radiación negativa.
El aire era pesado, mal oliente, espeso. En una esquina había una lámpara
apagada.
El Otro estaba sobre el
colchón. Todo su mundo estaba en ese cuarto. Caminé hacia la cama. La luz
retrocedía al compás de mis pasos, como si me hubiese atrapado. Le pude ver.
Fue un instante que duró
una eternidad. Él estaba allí. El Otro me vio. El enfermo estaba ahí.
Esperándome. Grité y corrí como un desesperado.
Nunca pensé que mi compañero fuese tan
horrible. Perdí el control de mis nervios. La luz opaca era el aura del Otro.
Luego llegaron varias
batas blancas. Sentí ese olor peculiar del alcohol etílico. Una inyección, un
leve pinchazo.
Los ojos del Otro clavados
en mi mente. La voz de la abuela...y un leve murmullo agudo que provenía del
otro lado de puerta. La verdadera voz del Otro nunca es humana.
III
Fue la primera vez que lo
vi. Tenía la cabeza del tamaño de la almohada, sus ojos eran profundos y
adultos. Una sonrisa idiota y un cuerpo demasiado pequeño. Sus manos diminutas
se movían sin control. No pude observar sus piernas. Sus ojos eran las
ventanas del infierno.
Por error, dos
espíritus llegaron a al mismo parto, para encarnarse. Yo tomé el cuerpo. El espíritu del Otro tomó lo malo de la célula
inicial. Me odiaba.
Yo era el culpable de
todos sus males. Soy el límite y la muerte. Yo soy un obstáculo. El hombre es
un animal que estorba al otro hombre. El hombre lucha hasta morir. Nunca hay
descanso.
Desde aquel día, el
demonio comenzó su venganza. Me perseguía. Su espíritu tomaba posesión de mis
cosas, juguetes, zapatos, libros. Y a veces penetraba mi propio cuerpo.
Sí, muchas veces me dolía
la cabeza. Mi abuela quería encerrarme en una “clínica de reposo”. ¡Pobre
abuela! No tenía idea de lo que el Otro había planeado para ella.
Solamente la anciana de
ojos azules y el señor de capa blanca sabían de la presencia del Otro, ellos lo
habían engendrado.
Yo le tenía miedo a la
puerta negra.
Aquel día escuché un
silbido agudo, suave, de hermosa melodía. La cabeza me dolía. La luz opaca
apareció frente a mí.
Sentí la mirada del Otro.
Caminé hacia el balcón del
apartamento. Los autos parecían muy lejanos. A veces el mundo nos parece tan
pequeño.
El dolor de cabeza era
insoportable. La luz estaba sobre mi espalda. Me quité toda la
ropa. Quería que mi espíritu fuese libre.
Dos personas de batas blancas me sujetaron.
La abuela lloraba.
El Otro reía como un
demente.
Pasé un tiempo en una
“clínica de reposo”. Totalmente solo, observando la foto de mi madre y hablando
con la anciana de ojos azules.
Regresé a la casa.
Ya no estaba la abuela. A
la pobre se la llevaron cuatro trajes negros.
Yo había terminado mi
tiempo de “reposo”, y en una cesta, en el rincón más oscuro de la clínica, dejé
la foto roída de mi madre.
No sé si alguien lloró a la abuela.
Yo no.
Pero, detrás de la puerta
negra, el Otro lloraba.
El Otro estaba vestido de
luto, jamás lo había “sentido” tan triste, tan cerca de aflorar al mundo
“objetivo”.
Detrás de la puerta,
solamente existía el Inconsciente, lo oculto, el poder desconocido, el secreto
de los alquimistas, la piedra angular de toda verdad... todo eso era la
verdadera esencia del Otro.
Ese desgraciado era el
todopoderoso, el que dominaba la situación, el que poseía la verdadera
existencia, la vida que realmente valía la pena.
Yo, tan sólo era lo que sobraba, el
perturbado, el que necesitaba “ayuda
profesional”.
Todos tenían miedo. Me
odiaban. No soportaban la fuerza de mi mirada. Sabían que no podían ocultarme
sus secretos íntimos. Yo podía leer fácilmente el aura de todos ellos.
Definitivamente, me
odiaban.
Ninguno de ellos escuchaba los lamentos del
Otro.
En la sala, se podía
sentir el silencio final de la abuela, su mirada agónica flotaba en el aire, se
podía oler su presencia astral. Ella me observaba desde la cuarta dimensión,
sus manos casi me acariciaban, me quería a su lado.
Pero, el Otro me
necesitaba, sus gemidos eran infernales, insoportablemente agudos.
El dolor de cabeza volvió
a mi mente...tuve que recurrir a la medicina...
Yo no quería ver su cara
deforme, su asquerosa sonrisa, sus ojos de anciano, su maldita piel arrugada.
Tenía que cerrar la
puerta. Colocar mi pensamiento en otra dimensión, viajar, conocer otros mundos,
otros sistemas solares. Era tan sencillo, solamente tenía que imaginarlo. ¡Si
conociéramos el poder de la imaginación!
Corrí desesperadamente;
pero, no pude cerrar la puerta. Una fuerza extraña la mantenía firme, inmóvil.
Comencé a sentir un
extraño cosquilleo en el estómago. Una especie de energía eléctrica salía
de mis entrañas, y se dirigía hacia la cama que estaba en el extremo interno
del cuarto, exactamente detrás de la puerta negra.
Algo me ataba a la
presencia del Otro, parecía que ese ser demoníaco fuese mi complemento.
De pronto, todo comenzó a
dar vueltas. Yo estaba mareado.
Nunca supe si fue la
medicina, o el poder del inconsciente del Otro.
Sin saber cómo, estaba
dentro del cuarto. La abuela no estaba. Yo tenía que alimentarlo.
Me convertí en su
sirviente. La esclavitud había comenzado. Eso es el Otro en definitiva, el amo
que esclaviza.
La sociedad y su mundo
desaparecieron para mí. Nunca pude adaptarme a la realidad de los seres
comunes. No tenía la culpa de que la gente se conformara con un universo de
sombras. Yo siempre preferí ver la realidad metafísica. Pero, somos muy pocos
los iniciados. Por eso morimos solos. Sinceramente, ese era mi deseo: morir
solo.
No pude encontrar la
soledad anhelada. El Otro estaba ahí. Me acostumbré a su presencia. La puerta
siempre estaba abierta.
Había poca diferencia entre la casa y el
cuarto de la clínica. Si hasta los hombres vestidos de blancos me venían a
buscar con más frecuencia.
El Otro se apoderaba de mi
mente. Utilizaba la telepatía para controlarme. Ya no podía dar un paso sin su
consentimiento.
La cara del Otro y su
angustiante presencia siempre estaban conmigo. Mis nervios se
deterioraban rápidamente, tuve que tomar una dosis cada vez mayor de la
medicina. Fui perdiendo peso. Mi cuerpo se derrumbaba. Me estaba convirtiendo
en un despojo sin voluntad propia.
Muchas veces traté de
matarlo. Soñaba todas las noches con esa idea. Pero, el Otro invadía mis
sueños. No tenía libertad ni siquiera en el mundo astral. Su muerte o la mía
sería la única solución. En este mundo material no había lugar para los dos.
En mi mente no había sitio
para ambos. ¡La suerte estaba echada! Para poder asesinarlo, tenía que planear
una estrategia perfecta.
La primera dificultad
consistía en ocultarme de su presencia. Si ese monstruo descubría mi
intención, todo habría terminado. El Inconsciente no tiene piedad,
destruye a su enemigo.
El momento llegó.
El dolor de cabeza era
insoportable.
Recuerdo que tomé
demasiada medicina. No había nadie en la casa.
¡Hacía tanto que no veía a la abuela, ni al
señor de capa blanca! Ellos nunca supieron de mis inyecciones secretas. Tan
poco se enteraron de mis “píldoras”. El único que conocía toda mi realidad era
el Otro.
La batalla había
comenzado.
La compré muy barata. Su
color ambar era demasiado frío. Medía casi un metro de longitud. Sus ojos eran
verdes como la muerte.
Actué silenciosamente.
Abrí la puerta.
La víbora se deslizaba
hacia la cama.
Todo seguía en silencio.
No podía controlar mi angustia.
Escuché un agite.
Unos cuantos segundos..., la puerta se abrió
violentamente, los colores giraban en mi mente. El dolor de cabeza era
horrible.
La serpiente estaba en el
piso, inmóvil, muriendo a causa de un desgarre.
El Otro tragaba la sangre
del animal.
Comenzó el capítulo final
de mi vida.
A diario tuve que barrer
plumas ensangrentadas, restos de roedores, de gatos, de perros.
El Otro se transformaba,
su mirada era sedienta, sus dientes se afilaron, le creció la barba, y la
sonrisa desapareció.
Ambos sabíamos que mi
muerte estaba cerca.
Yo no quería viajar al mundo espiritual y
encontrarme con la abuela.
Cada vez los animales
fueron más grandes. Ya no se los comía. Bebía la sangre de sus víctimas. Se
convirtió en una especie de vampiro. Comenzó con conejos, perros,
corderos, hasta que un día...
Me dolía la cabeza. No
sabía la hora del día. El tiempo era relativo, fácil de predecir.
Una fuerza magnética me arrastraba hacia la
puerta, crucé el umbral. El Otro clavó sus colmillos. No pude defenderme. Me
sentía extremadamente débil. Me soltó, cerró los ojos y durmió como nunca.
Aquella experiencia se
convirtió en un rito. Yo, el consciente, sería la víctima. El Otro, el
inconsciente, el demonio. Fui perdiendo la vida, el cabello, los dientes. Ahora
soy un viejo de treinta años de edad.
Hace pocos días, llegaron
varios hombres que vestían de blanco, entraron en mi habitación. Yo me
encontraba en el rincón, débil, muy débil. Me dolía la cabeza. Mi muñeca estaba
ensangrentada. “La droga”, dijeron ellos.
Detrás de la puerta negra,
el Otro cerraba los ojos, mientras que su sonrisa seguía en mi mente.
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